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28 de noviembre de 2014

Humor caribeño



En Santa Marta, ciudad costera de tamaño mediano, el transporte público, por más que ahora se llame Sistema Integrado de Transporte Público, consiste en buses y busetas de varios tipos, bastantes años de servicio y un estado de conservación no siempre comprobable con una tarifa de 1.400 pesos o, en caso de llevar aire acondicionado, 1.500 pesos. La verdad es que buses con aire acondicionado hasta ahora no los he visto, simplemente ruedan con las puertas y las ventanillas abiertas. Pero en todo caso el precio incluye música (vallenato, generalmente) y algún que otro vendedor ambulante o músico callejero errante.
Al contrario de lo que pasa en el transporte público de Bogotá y otras grandes ciudades donde el transporte va siempre abarrotado y la mayoría de los pasajeros viajan de pie, aquí la gente es reacia a subir a un bus si no hay puestos vacantes. El otro día una señora preguntó, antes de subir si había puestos, a lo que el conductor, que iba de buen humor, contestó: ´Sí doña, suba, hay puestos, música, aire, refrigerio…´

28 de agosto de 2014

Un artículo definido



Uno, que recientemente ha bajado de las alturas andinas y se ha establecido en la Costa Caribe, en lo que quizás alguna vez fuera la bahía más linda de América, no solo debe adaptarse (y lo hago con enorme gozo) a una temperatura diferente que impone un ritmo distinto de vida, sino también a un ambiente sonoro que difiere bastante del de la capital de la República. Deformado como estoy, profesionalmente hablando, a veces me gusta cerrar los ojos y aislarme semánticamente para así poder oír mejor los sonidos, lingüísticos o no, que se producen a mi alrededor. Si lo hago sentado en mi balcón, oigo, además de los pitidos de los mototaxistas buscando clientes en la avenida, a cualquier hora el cacareo de algún gallo despistado por la vida en un solar urbano, las voces de niños recreando en la calle el éxito de la selección de fútbol (“Sí fue gol de Yepes”) y las voces algo guturales pero también casi estridentes de los cantantes de vallenato, siempre presentes a través de la política de puertas abiertas que profesan las gentes de aquí en lo que se refiere a equipos de música.
En cambio, cuando estoy en la playa, oigo otras cosas y una de ellas me llama la atención. La situación económica de esta parte del mundo empuja a muchas personas a buscarse la vida mediante la venta ambulante. Las que se dedican a ella en la playa, intentando vender algo, lo hacen de una manera curiosa. Yo aprendí, en un curso sobre ser, estar y hay que seguí ya hace muchísimos años en la Universidad de Leyden, que con hay anunciamos la existencia de algo: Hay pan, y que lo usamos con un artículo indefinido o sin artículo, lo cual tampoco es la completa verdad, pero como regla didáctica no deja de tener su eficacia. (Por cierto,  en las tiendas colombianas se suele anunciar Sí hay pan, como si alguien lo hubiera negado anteriormente. Pero al grano.) Algunos vendedores ambulantes de la playa anuncian sus productos y servicios así:

  • Un señor con un menú en la mano, haciendo publicidad para un restaurante cercano: ¡Los almuerzos!
  • Una voluminosa afrocolombiana, equipada con un baldecito con agua y una sillita donde sentarse durante el tratamiento: ¡Los masajes, las trenzas!
  • Un muchacho con una colección de Ray-Ban chiviadas: ¡Las gafas! ¡Los lentes!
  • Unos muchachos empujando, no sin esfuerzo, un carrito convertido en barco pirata: ¡La piña colada! ¡El agua de coco!
  • Dos muchachos llevando una especie de lona con un montón de dibujos: ¡Los tatuajes temporales! (Los que se hacen sin agujas)

Tengo que añadir que no todos anuncian así su mercancía, otros siguen diciendo: aceite de coco, helados, … y hay un señor que va diciendo: Coca-Cola, gaseosas, cervezas, Águila…, haciendo así una curiosa distinción entre marcas y géneros.

19 de noviembre de 2012

El apocalipsis de AMM



En un artículo en El País de 9 de noviembre titulado Marca Cervantes y cuya lectura recomiendo antes de seguir leyendo aquí, el escritor Antonio Muñoz Molina se lamenta de la reducción presupuestaria del Instituto Cervantes y rompe lanzas por un “proyecto verdadero, amplio, sofisticado, generoso, que tenga en cuenta toda la variedad y toda la riqueza de ese ámbito que es casi el único en el que somos internacionalmente competitivos, nuestros idiomas y nuestras culturas” y prevéla ruina segura de todo lo que se ha ido ganando”.
Hasta aquí, todo perfecto. ¿Quién, con excepción de Cristóbal Montoro, podría estar en contra de un proyecto semejante y quién, en estos inclementes tiempos, no teme la ruina propia y ajena, sobre todo si es español, una persona, según AMM, con ese "instinto infalible para buscar la demolición de las cosas buenas"? Sin embargo, al leer y releer el artículo, me invadió una sensación un poco extraña. Pensé: sí, claro, más dinero lo queremos todos, pero ¿con qué argumentos? Y empecé a dudar de la visión que tiene AMM de la enseñanza de la lengua y la cultura. Lógicamente, la frase que más me llamó la atención, habiendo sido profesor de ELE durante cuatro décadas, fue la siguiente:

En un mundo tan propenso a la chapuza y el fraude como la enseñanza de idiomas, la calidad de la que imparte el Cervantes es un modelo de excelencia.

No tengo motivo alguno para dudar de la calidad didáctica de los cursos del IC y es indudable que sus publicaciones y actividades son de gran importancia, pero ¿en qué se podría estar basando AMM para hacer una afirmación tan temeraria? ¿Debemos suponer que en los escasos dos años que pasó en el Cervantes de Nueva York fue capaz de hacer una radiografía tan nítida de la enseñanza de idiomas? ¿Tenemos que entender que está hablando de la enseñanza de idiomas en general en el mundo, o solo en España, o solo del español como lengua extranjera en España o solo en el extranjero? Seguramente habrá chapuza y fraude en la enseñanza de idiomas, de la misma manera que la hay en el mundo de la banca, la política, el cultivo de lechugas orgánicas y, ¿por qué no?, la literatura. Cuando entro en una librería o cuando miro las listas de éxitos de venta, puedo afirmar con rotundidad que la mitad de los libros solo pueden caracterizarse como fraude y chapuza (excluyo enfáticamente los de AMM), pero de ahí a decir algo así me parece poco menos que un insulto sin fundamento (que también los hay fundamentados, me consta).
Rechazo también la gratuita sugerencia de que el Cervantes, al haber nacido en la época de euforia (lo de falsa está por ver, yo no me pongo en plan revisionista), fuera un producto de ella. Al parecer, AMM desconoce que la enseñanza del español arrancó en firme en los años ochenta y que ya en esa época hubo un montón de debates y sugerencias acerca de la necesidad de un instituto para difundir la lengua y la cultura (incluso hubo una especie de precursor del Cervantes, el Servicio de Difusión de la Lengua). Y los que vivíamos o éramos de fuera de España, también hicimos cosas, no me parece vanidad afirmarlo.
Otra cosa que no entiendo es lo del nacimiento tardío. Claro, los otros institutos tienen 60 o 70 o más años de historia, pero ¿qué es lo que quiere AMM? ¿Que el Instituto Cervantes hubiera nacido en, digamos, 1962, para que los extranjeros hubiéramos aprendido cómo se dice en español contubernio o para que Fraga hubiera sido nombrado director? Bien mirado, el Cervantes no pudo nacer antes de la época de la euforia: ni la situación política ni la económica ni la didáctica lo hubieran permitido. Sin euforia, nadie se embarca en semejante proyecto.
Hay una cosa que realmente me indignó en el artículo de AMM: es cuando habla de las prebendas de los diplomáticos, como la vivienda gratuita. En una época en que miles de personas son desahuciadas, ¿nos viene a hablar de vivienda gratuita?
AMM pregunta también qué sentido tiene que exista el Cervantes sin difusión cultural. Contestémosle claramente: la lengua se enseña junto con la cultura. Puede ser que no regalemos rosas, pero tampoco organizaremos la lectura en voz alta del Quijote, una actividad que me ha parecido siempre una soberana estupidez, solo comparable con la celebración de un botellón o Halloween: todo el mundo lo celebra pero nadie sabe por qué.
Finalmente, con el firme propósito de terminar esta entrada de manera positiva, aporto una solución sencilla para el problema del presupuesto del Cervantes. Le faltan veinte millones. ¿En cuántos países se habla español? Pues bien, si cada país aporta un millón, el problema está solucionado. En estas naciones, el dinero sobra. Por ejemplo: no lo sabrá mucha gente fuera de Colombia, pero el concejo de Bogotá planea comprar carros para cada uno de sus 45 concejales. Costo: unos dos millones y medio de euros. Con la mitad, una sola ciudad de un solo país puede contribuir a aliviar los problemas financieros del Cervantes.
Y de paso, le hacemos un favor a Rajoy que, el otro día en Cádiz, pidió más Iberoamérica en España. Pues hala, ya está arreglado.