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10 de agosto de 2020

Sobre el español neoliberal

El artículo publicado por Elena Morales-Vidal y Daniel Cassany titulado “El mundo según los libros de texto: Análisis Crítico del Discurso aplicado a materiales de español LE/L2” (Journal of Spanish Language Teaching, https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/23247797.2020.1790161, de acceso abierto) presenta una serie de datos recogidos en cinco manuales de ELE, cuyo análisis lleva a “constatar la construcción de una realidad idealizada sobre la sociedad española con importantes implicaciones pedagógicas, comerciales y políticas. Constatamos la creación de estereotipos culturales de corte neoliberal que contextualizan los usos lingüísticos y los valores socioculturales ofrecidos al aprendiz y la invisibilización de aspectos más controvertidos de la realidad social española”.

No es mi intención defender o atacar a tal o cual manual, o a los manuales en general. Tampoco insistiré en las limitaciones del estudio que los mismos autores indican o las hipótesis que explicarían por qué se representa el mundo de determinada manera. En las siguientes reflexiones sencillamente quiero comentar y elaborar algunas de las observaciones de Morales-Vidal y Cassany. Recomiendo al lector de estas líneas que lea primero su artículo.

1. ¿Neoliberal o de clase media? Creo que lo más llamativo del estudio de Morales-Vidal y Cassany es su caracterización del mundo representado en los manuales analizados como neoliberal. Soy de la opinión que los argumentos aportados en el estudio son bastante flojitos. Jóvenes empresarios ha habido y hay en todas partes, también los hay muy idealistas, que invierten en proyectos ecológica y socialmente sustentables, y los 2000 euros de una tarea, más que crear un “nosotros neoliberal”, me parecen una miseria para cualquier proyecto. A mí me da la impresión de que el estudio parte de la idea de que la sociedad es neoliberal y que cualquier material que no la cuestione abiertamente, también lo es.

Yo propongo otra caracterización: el mundo de los manuales, igual que el mundo de los autores de manuales, igual que el mundo de la gran mayoría de los alumnos, igual que el mundo de la enseñanza de idiomas dentro del mundo de la educación en general, es el mundo de la clase media. En la historia del mundo occidental, hay dos factores que han determinado el carácter de la educación: las iglesias (la católica y las varias denominaciones protestantes) y la burguesía. Desde mediados del Siglo XIX, en la educación laica o no religiosa, la educación ha servido para ensalzar los valores éticos y estéticos burgueses, de clase media. Las clases altas han tenido su propia agenda y, que yo sepa, no se les recuerda contribución significativa alguna al desarrollo de los contenidos educativos. ¿O es que hay algún manual de ELE por y para la élite? Hasta los libros utilizados en las instituciones “de élite” deben haber sido escritos por autores de clase media. Y las clases bajas, en caso de tener acceso a la educación media y superior, la han visto como la única forma de salir de los estratos inferiores. Esto se ve claramente en sociedades como las latinoamericanas donde los jóvenes de estratos bajos valoran enormemente (tanto en su concepción como en su realización concreta) conseguir un diploma: les ofrece una ruta de escape hacia un mundo donde la penuria económica no es el pan de cada día.

Pues bien, ese mundo de clase media, que puede tener valores tendientes al conservatismo pero también progresistas, es el mundo en el que se hacen los manuales. Es el mundo de donde procede la inmensa mayoría de las personas que trabajan en algún sector de la educación y de la edición. (Si no son de clase media, los sueldos ya se encargarán de recordárselo). No creo que exista una conspiración de las élites para que la clase media forme ejércitos de empleados obedientes y acríticos con conocimientos de lenguas extranjeras como bienes materiales. Y además, ¿qué tiene de malo aumentar la empleabilidad? Muchas personas (además de los profesores de ELE) trabajan gracias a sus conocimientos de otras lenguas. Hay conductores de camión holandeses que estudian alemán porque viajan continuamente de Holanda a Polonia y los países bálticos: necesitan el alemán al cruzar Alemania dos veces por semana y porque es la lengua que pueden usar al no hablar ni polaco ni las lenguas bálticas. ¿Bien material? Sí, señor. Única y exclusivamente, pues es altamente improbable que lean a Schiller mientras comen salchichas en el área de descanso del Autobahn. 

 

2. Un manual solo es un manual. Coincido con los autores en que la diversidad social está mal representada en los materiales. Pero, esa constatación suscita, al menos, dos preguntas: ¿es necesario que la represente? Y en caso afirmativo, ¿cómo lo vamos a hacer? Un manual de lengua extranjera no es un espejo de la sociedad donde se habla ese idioma, no es un inventario de existencias, no es un catálogo de IKEA, no es un WYSIWYG. El “reconocimiento del Otro/Otra [sic] y el reconocimiento de la diversidad social y cultural” que aparentemente propone Magendzo no se consigue embutiendo un muestrario social en un manual. Eso llevaría a absurdos del tipo: “Compañero/a autor(a) de manual de ELE, ¿crees que hemos metido suficientes pobres en el libro?”. Un manual no es un espejo, no es tampoco todo un curso, es un instrumento como unas gafas, para ver mejor. Hasta cierto punto, me da igual que mis gafas sean redondas o cuadradas, negras o rojas: lo que quiero es ver mejor. El manual no es un mamotreto con un panorama fehaciente del transporte, tránsito y la movilidad en general, sino una bicicleta con la cual puedo ir aprendiendo a pedalear y a reconocer el entorno: aunque sin duda me daré algún que otro soberano totazo, aprenderé a moverme, a velocidades distintas y en diferentes direcciones que otras personas.

3. La imagen y las palabras. Me parece sorprendente que el análisis apenas tenga en cuenta el (uso del) lenguaje de los manuales. ¿Qué importa que predominen el ocio asequible o el ambiente urbano o que haya pocas personas mayores o racializadas, si no se analizan las consecuencias para el lenguaje, tanto el que se utiliza como el que se pretende que adquiera el alumno? Para un análisis crítico del discurso, me parece francamente incomprensible. Pongo un ejemplo, no por ser una persona religiosa, que no lo soy, sino por vivir desde hace años en una sociedad, la colombiana, que mayoritariamente se considera religiosa. Resulta que en los manuales no hay interés por la religión. Si nos preguntamos por qué, no creo que la respuesta sea: ¡es por el neoliberalismo! El neoliberalismo, en su vertiente trumpista, levanta la biblia en vez del puño; en su versión pinochetista, encontró una iglesia católica mayoritariamente colaboracionista; los evangélicos (neoliberales aunque la mayoría son pobres) son los mayores responsables del No en el plebiscito sobre el acuerdo de paz en Colombia en 2016. El neoliberalismo puede ser la causa de muchas cosas, pero no de la falta de religión en los manuales. Si miramos el MCER y el PCIC, en los niveles A1/A2 no hay casi nada, en el B1 empiezan a aparecer las nociones específicas y ya son más abundantes en el B2. Obviamente, uno puede y debería dudar de la oportunidad de esta distribución (y del trasfondo ideológico que llevó a ella), pero esa duda debería estar relacionada con el nivel del lenguaje. Personalmente, creo que en las sociedades multiculturales de ahora, un alumno en A1 debería poder incluir en una presentación personal expresiones del tipo: “soy musulmán/musulmana, católico/a, ateo/a, evangélico/a”, etc., o debería poder explicar un comportamiento (no aceptar bebidas alcohólicas, rechazar o preferir determinados platos, ir o declinar ir a una celebración religiosa, etc.). Recuerdo un caso de un estudiante musulmán que pidió permiso para no asistir a la clase del viernes por la tarde (el curso, nivel A2, tenía dos horas de clase por semana con una asistencia obligatoria del 80%) porque tenía que asistir a la mezquita. Lo que no recuerdo es si al final se le otorgó el permiso, pero es obvio que se debió discutir la oportunidad de la petición. A un nivel muy básico, hasta la respuesta a la pregunta “¿Cómo estás?” debería incluir entre sus variantes, aunque solo fuera a nivel receptivo: “Muy bien, gracias a Dios”, expresión muy habitual en multitud de personas latinoamericanas, que, a pesar de ser una respuesta rutinaria (o precisamente por serlo), me parece culturalmente significativa. Otro ejemplo es lo que dijo el futbolista chileno Arturo Vidal, del Barcelona, en una entrevista que acabo de leer: “Quiero ganar la Champions si Dios quiere y el año que viene ir a por el triplete”. O el futbolista colombiano de la Juve Juan Guillermo Cuadrado que, a la pregunta cómo se sentía al ganar el Scudetto, empezó su respuesta así: “Primeramente, muy agradecido con Dios […]”, fórmula ritual que he escuchado innumerables veces. En Colombia, muchas despedidas (por ejemplo, de abuelos, padres o tíos a nietos, hijos o sobrinos) incluyen un “Dios te bendiga”. En otras palabras, un fenómeno como la religión comienza a cobrar interés a medida que lo relacionamos con la lengua. Y cuando hablamos de la lengua, podemos empezar a analizar los roles de los alumnos, porque influyen en el lenguaje necesario, y las tareas que se les proponen. Estoy de acuerdo en que, muchas veces, las tareas son poco adecuadas, no por ser neoliberales o acríticas, sino por ser ñoñas. Y no es tan complicado desñoñizarlas. Si la tarea es crear un cartel publicitario, no tiene que ser necesariamente para una empresa explotadora de la clase obrera. Las ONG y los partidos políticos también utilizan la publicidad. También se puede hacer un análisis crítico de la publicidad existente. Es cuestión de reflexionar sobre el rol del alumno.

4. Lo que hay y lo que no. La conclusión del análisis empieza así:Recapitulando nuestra pregunta general, el mundo reflejado en los libros de texto de ELE es urbano, contemporáneo y rico, con una mayoría de ciudadanos blancos, jóvenes y adultos, en edad laboral y acomodados”. Si quisiera ser irónico, podría decir: «¡Qué bien! ¿De qué se quejan, entonces? ¡Por fin los españoles son iguales al resto de los europeos occidentales!» Cuando yo empecé a estudiar español, en los manuales al uso España era rural, atrasada y pobre y no había inmigrantes, solo emigrantes (los mismos españoles). De acuerdo, mucha ironía, pero el caso es el siguiente. Los manuales de antes no eran mentiras, propiamente dichas, al menos no intencionalmente, como no lo son los manuales de ahora: expresan inevitablemente determinada visión de la sociedad, la que los representantes-víctimas de la ideología imperante querían o quieren difundir. Y eso no es culpa exclusiva del neoliberalismo. A finales de los años setenta, yo estudié un semestre o dos de ruso con un manual hecho en la URSS: casi todas las mujeres eran rubias astronautas y el resto de la sociedad estaba a un paso del paraíso terrenal. ¿Me lo creía? No, qué va, bastaba con abrir un periódico para saber que ese mundo no era el mundo real. En la actualidad, con las casi infinitas posibilidades de conseguir información, es aún más fácil saberlo. ¿Quiere decir esto que no hay desconocimiento o prejuicios sobre España o los demás países hispanohablantes? No, claro que no, parte de la actitud de los llamados países “frugales” de la UE está basada en falta de conocimientos y de empatía. Pero para formarse una idea de España, en este caso, el alumno de ahora no depende únicamente del manual.

Constatan los autores del estudio que en los manuales “hay pocas personas racializadas, solo algunos ancianos y no hay mendigos, parados o pobres, presos, enfermos o migrantes o refugiados”. Pero eso es un fenómeno social generalizado. En una entrevista con el escritor francés Eric Vuillard, este observa: “Los abogados en la Asamblea Nacional están altamente representados. Hay decenas cuando en la sociedad son minoría. ¿Sabes cuántos obreros han entrado en el poder legislativo en las últimas elecciones? ¡Ninguno! Y representan a un 16% de la población”.

Es verdad, pero por no haber, en los manuales tampoco hay personas malhumoradas o descorteses, padres machistas, hijos de su madre, delincuentes, irrespetuosos, niños pequeños, políticos corruptos, enfermos de sida, vecinos ruidosos… así como no hay locutores roncos, incomprensibles o con voz de pito. El problema no solo es que no haya representación de determinados grupos de personas, el problema es cómo sería esa representación sin pecar de demasiada buena voluntad, tipo: miren, señores, en esta unidad hay nada menos que dos (¡dos!) representantes del grupo LGBTI. El problema es hacer algo que no sea una simple galería de los socialmente ignorados, o, digámoslo crudamente, un freakshow.

5. ¿Hay alternativas? Sí, las hay, pero a lo mejor no hay que buscarlas en los manuales. Creo haber notado que en los últimos años las editoriales se están centrando cada vez más en los manuales, como si estuvieran diciendo (a los profesores y a los alumnos): con esto lo tienes todo, no necesitas nada más. Eso me recuerda demasiado a los fanáticos religiosos que solo leen la biblia. Apostemos por una solución más creativa que ofrezca más apertura al mundo. Si faltan determinados personajes, hagamos materiales con ellos. Una buena colaboración entre profesionales de ELE y profesionales del mundo audiovisual podría resultar en una gran cantidad de “reportajes” (por falta de una palabra mejor, de momento), no como “material complementario” que es donde las editoriales suelen parquear todo lo que no sea un manual. Hagamos un gran banco de datos donde el alumno pueda navegar por su cuenta. Mostremos una gran variedad de materiales con personas, lugares y situaciones con los que el alumno pueda interactuar y de los que pueda sacar sus propias conclusiones. Dejemos de comportarnos como si, en calidad de profesores de ELE, conociéramos y supiéramos explicar perfectamente nuestras sociedades. Aparquemos nuestra visión de profesores de clase media y trabajemos con personas de otra extracción social. Trabajemos con economistas, sociólogos, cocineros, historiadores, médicos, ingenieros y cuantos más expertos hagan falta para ofrecer, no una imagen, sino muchas, un gran caleidoscopio con los instrumentos que permitan al estudiante empezar a formar su propia imagen. Trabajemos con profesores de otras ramas para inventar tareas más desafiantes, menos ñoñas. Si la realidad es compleja, no la simplifiquemos nosotros, sino que presentemos un mecanismo con el cual el estudiante pueda desentrañar las cosas.

27 de julio de 2020

Escenografía

[copia de mi página en Facebook]

Yo creo que, en la sociedades latinoamericanos, tanto el respeto como el irrespeto por la policía (y quizás por la autoridad en general) son más pronunciados que en otras partes. Quién sabe cuál será la relación exacta entre ambas cosas, pero aquí no quiero ni puedo ahondar en las causas, solo evidenciar un aspecto que me llama mucho la atención, a saber, la escenografía policial en los medios de comunicación, no solo por el hecho en sí, sino por el hecho de que a nadie más le llame la atención. Cuando la gente hace o dice algo sin pensar en ello, debe ser cultura.


Al grano. Cuando la policía colombiana captura a un delincuente, lo presentan ante los medios, esposado, entre dos o más policías, en la picota, cabizbajo en sentido literal como se ve en una de las dos fotos, y se exponen todos los “elementos materiales probatorios”, como les gusta decir, incautados. Verán que además les ponen un cartelito con el nombre de los objetos (como si fuera una clase de lengua española: esto que ven aquí se llama “estupefaciente”) y difuminan las caras de los policías, mientras que en otras latitudes difuminarían las caras de los presuntos delincuentes. En los noticieros de televisión, a estas alturas los periodistas cuentan qué pasó y después le preguntan al comandante de policía de turno qué pasó para que este, haciendo gala de su mejor lenguaje burocrático, y preferentemente flanqueado por algunos subordinados, lo vuelva a explicar. Y a veces salen perlas como esta: ““La Policía Nacional, en el mes de mayo, hasta el día de hoy, ha capturado a 23 personas por el delito de homicidio. Prácticamente es un homicida capturado de forma diaria (...) Aquí se esclarecen 28 homicidios con estas 23 capturas de personas que han generado hechos en donde se afecta la vida de otros ciudadanos”, comentó el coronel Jorge Miguel Cabra Díaz, comandante de la Policía Antioquia”.


Este es el esquema que se repite todos los días, en perfecta colaboración entre medios y (otro término preferido de los periodistas) “las autoridades”. A veces, para explicar una imagen se necesitan algunas palabras.

Festivos

[Copia de mi página de Facebook]

Hoy, lunes 25 de mayo, es festivo en Colombia. No conozco a nadie que sepa por qué, solo que es el lunes después de un festivo de la semana anterior. ¿Cuál? Busco en internet y resulta que se celebra la Ascensión del Señor que cayó el 21 de mayo. En Colombia hay una ley que traslada la mayoría de los festivos al lunes siguiente para no interrumpir la productividad de la semana y crear un puente festivo que estimule el turismo interior. Parece que con el cambio de fecha también ha cambiado el chip: no solo nadie sabe qué festivo es, tampoco conozco a  nadie que lo celebre como tal (como dice la gente últimamente: ¿Hay pan integral? No, integral, como tal, no hay). Además, en la situación sanitaria actual nadie que tenga permiso para trabajar se va a quedar en casa celebrando, faltaría más, por fin poder salir y no hacerlo.

Y hay aquí algo curioso: no me extrañaría que algunos profesores y alumnos de ELE conozcan mejor el calendario festivo que muchos latinoamericanos. En los foros de Facebook aparecen a cada rato mensajes del tipo: “Hola, compis, ¿alguien tiene alguna actividad para trabajar el Día de los Muertos?” Y así durante todo el año: apenas arranca el curso y ya toca preparar clases sobre el 12 de octubre, luego llegan Halloween y Todos los Santos y ya entramos en la Navidad. Siguen San Valentín, el carnaval, la Semana Santa… Y eso sin contar que todos los días es el día de algo: hoy en Argentina es el Día de la Patria o de la Revolución de Mayo, en Colombia es el Día Nacional por la Dignidad de las Mujeres víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado interno… y mañana será otro día. Y otro, y otro. Pero, ¿tiene sentido hablar tanto de fiestas y festivos y celebraciones sin profundizar en el significado que tenía/ha tenido/tuvo/tiene y tendrá para la gente? ¿O es una forma fácil de quedarse en la superficie, sin hacerse preguntas relevantes sobre las experiencias vitales de los que celebran aunque piensen que no lo hacen?

Casualmente, el mismo 21 de mayo que “celebramos” hoy fue el día de la afrocolombianidad. Algunas menciones en televisión, mucha buena música en alguna emisora de radio. Y después, nada más. Creo que ese el problema: todo y todos tienen sus quince minutos de fama y desaparecen. Vamos de festivo en festivo, de día de esto a día de lo otro. En la vida y en ELE falta la normalización: de la misma manera que la muchacha del video comenta las preguntas que le hacen, en ELE desfilan festivos y negros (y…) sin nunca llegar a ser parte de la vida “normal”.